jueves, 22 de noviembre de 2012

La vio lenta

Están retorcidos los colores; sobresaltan la mirada morada… es su parada, entre sus morados amores, que son también moradores, merodeando sus pisadas, que merodean ya cansadas, el tumulto de pobladores.

Ma. Alejandra

Siempre

Ha hablado el interior parduzco del corazón en busca de una respuesta a la pregunta que vuela incesantemente, sin detenerse por los ríos circulares del entorno en el cual escribe. Fuentes imaginarias atraviesan su otro yo, que ha caído estrepitosamente por las escaleras de cristal, que vierten sus aguas, por un pequeño orificio forrado de rojo terciopelo. Quedan espacios con notas musicales que marcan los dedos suaves, convertidos en trenzas que amarran lo incomprensible.

Ma. Alejandra.

Sin ser divina, adivina

Sonrío mientras leo el manual de instrucciones que me ha regalado el pintor de esta obra tan adivina y en donde me ha plasmado con sus pinceles, sobre este lienzo (algo tieso, por cierto), para así comenzar a frotar la bola de cristal que se encuentra en la mesa vestida con mantel blanco. Mi sombrero puntiagudo también sonríe, es el vivo retrato de mis antepasados. Fíjense bien, somos casi idénticos (como el reflejo de las aguas). A mi lado derecho (para ustedes el izquierdo), pueden observar un incendiario que a través de mi magia enciende los cuerpos fríos, inertes que viven en absoluta soledad, elevándolos a niveles superiores. Detrás, se encuentra la lumbre que proporciona un candelabro viejo, oxidado, con siete velas derritiéndose, pero sin derretirse realmente. El vestido y el sombrero lo encontraron en un basurero (eso escuché decir), lo que le sirvió de modelo. Y entre tanta tela que se admira espero que muy pronto llegue algún cliente que me de dinero y tal vez la vida que me sustente por mucho mas tiempo, adivinando pensamientos.

Ma. Alejandra.

Entre nubes zalameras

Un cielo que se despeja, refleja, queriendo arropar al mar traspasar; que acaricia con ternura, soltura, en suave arena callada, perpleja. Donde reposa su cuerpo, perfecto, en esa playa tan serena, sirena, bailan hojas de palmeras, primeras, al ritmo que lleva el viento, contento. Mientras te cuento este cuento, despierto, mi sentimiento es un canto, desierto, entre nubes zalameras, sinceras. La fuerte ola se las lleva, secretas, las encuentro naufragas, solitarias, sin rumbo fijo, ese es... su destino.

Ma. Alejandra

Allí se encuentran

Regadas se encuentran en el piso todas ellas. En su camisa de seda, no hay ninguna. Los botones dentro de su ojal se muestran blancos o mas bien son negros, oscuros como los corazones de aquellos que subsisten en el bajo submundo de lo desconocido fluctuante para los de abajo. En la pancarta de la vida se deshace el silencio, las ausencias, los pensamientos que en algún momento fueron convertidos en largos triángulos sin sentido que llevaron al abismo los sentimientos entre la casi oculta mirada de su cuello alto y su mano entretenida... soñando con sueños imposibles de cumplir

Ma. Alejandra

Por la igualdad social

Allí estás, entre rejas, con un ojo, otro ojo. Manos sujetan lo que a diario van creando sin palabras, llaves infinitas que pretenden encarcelar las voces de protesta que emergen en llamaradas fluctuantes. Ya alguien ha recogido las letras, dejando la pancarta en blanco. Pero ni la muerte podrá amilanar la fuerza interna de lucha. Sí, sigamos siempre adelante, con nuestras Banderas reacias a que algunos cuantos nos quiten la llave de la sonrisa.

Ma. Alejandra

El ojo dice que...

Ve y ve, no es igual, a ver beber un bebé con su tacita, que no es tácita cita, ni tácita reconducción, que se empeña en la peña de no querer ver, que sí empeña su pulsera de diamantes, que le regaló su amante, en su pulso no será vista, aunque se vista la vista con anteojos que van sobre sus ojos que laten y la tengan ganando. Yo ando dondequiera que quiera estar, nadando sin nada dando, para que me dejen ir riendo hasta llegar a la escalera, escalando, jalando una cuerda, peldaño a peldaño, y que, aunque sé, no está muy cuerda, no quiero que me haga ningún daño este año en que por fin beberé un exquisito vino, que vino desde muy lejos, cosecha de antaño. Añoranza que añora, ser alcanzada ahora, siendo alzada la lanza que la atraviesa a deshoras, en aquellas horas nocturnas, en que buscaran su urna un domingo de votación, donde proliferarán las urnas electorales y harán discursos orales, sin importar los usos horarios en que orar será una bendición compuesta esta, como una bella canción.

Ma. Alejandra